La España de la media bofetada

Que la comparecencia de Mariano Rajoy en el juicio a los golpistas despertara expectación solo se explica por la supervivencia de un aparato mediático que, de nuevo, tiene a la opinión pública secuestrada. Oh, sí. Por supuesto, unos delinquieron por acción y otros por omisión. Y Rajoy era ni más ni menos que el presidente del Gobierno.

Pero ¿qué podría decir este personaje que no hubiera dicho ya una y mil veces con sus palabras y sus actos durante todos estos años? ¿Qué novedoso titular podría aportar quien gobernó con una pasividad inaudita, siempre a remolque de los acontecimientos y temeroso hasta de su sombra? Pues uno previsible: que él no quería líos, que no podía predecir el futuro y que, por eso, jamás pensó que los secesionistas llegarían tan lejos. En definitiva, que para él el golpe de Estado fue un cisne negro, cuando en realidad era el elefante en la habitación.

Rajoy lo tuvo todo. Disfrutó de una mayoría absoluta en el Congreso y otra aplastante en el Senado, además de un partido a sus pies, donde la disidencia había sido lapidada. Y es muy posible que haya sido el último presidente que goce de tantas ventajas, porque la fragmentación parlamentaria es ya una realidad.

Pero de poco sirvió, porque esa mayoría no fue producto ni de su carisma ni de sus dotes de estadista, tampoco de un partido rebosante de talento que inspirara demasiada confianza, sino de la urgencia de una sociedad a la que la Gran recesión le propinó una media bofetada que la despertó a medidas del letargo. Una sociedad a la que, desgraciadamente, le faltó la otra media guantada para, dicho de forma castiza, dejar de hacer el gilipollas.

Cuando digo sociedad me refiero a todos y cada uno de los sujetos, a cada uno de nosotros como individuos, no a la sociedad como convidado de piedra al que constantemente endosamos la responsabilidad de nuestros actos, como si estuviéramos al margen. Porque si descontamos a los que les va mal, y culpan de sus desgracias a las oligarquías, al capitalismo o, en su defecto, al heteropatriarcado, y a quienes les va bien y creen descender de la pata del caballo del Cid, la sociedad son cuatro gatos.

Desde que la Gran recesión pusiera punto final al gobierno de Zapatero y, sobre todo, empezara a desvelar un modelo político colonizado por los grupos de intereses y la incompetencia, las campañas electorales han adquirido un carácter de extrema urgencia, de ser o no ser, como si en vez de depositar una papeleta en una urna, para elegir uno u otro cambio lampedusiano, los electores optaran entre la salvación o la catástrofe.

Y así llevamos casi dos lustros (tres, si nos remontamos a la victoria de Zapatero, 11M mediante), en un permanente estado de ansiedad que se ha visto exacerbado por el golpismo catalán, de tal suerte que cualquier suceso político, por insignificante que sea, o precisamente por eso, adquiere la categoría de acontecimiento trascendente, como la comparecencia del inane Rajoy en el juicio a los golpistas. Lo que sea necesario antes que mirarnos en el espejo como nación, como comunidad, como país, o como lo que usted, querido lector, prefiera.

Hasta las redes sociales, que antes ofrecían alguna visión alternativa, se han convertido en la cámara de eco de una lucha partidaria esperpéntica, donde políticos y periodistas pelean para seguir viviendo, de una forma u otra, de la ocultación de la realidad, como si nada hubiera cambiado a lo largo de estos años, cuando en realidad todo ha cambiado.

Sin embargo, no escarmentamos; al contrario, de nuevo les seguimos enardecidos en lugar de permanecer vigilantes, críticos, independientes. Incluso hemos entregado el control de las redes sociales y, en general, de la opinión, al vetusto esquema de la información posfranquista, donde periodistas y políticos, políticos y periodistas marcan la agenda, y nos dicen qué polémica toca hoy, qué escándalo ha de convertirse en viral o qué gran causa debemos enarbolar.

Pero, contrariamente a lo que se pretende hacer creer, esta interminable campaña no supone una ventana de oportunidad para el ciudadano corriente. Esa ventana de oportunidad, como mucho, se circunscribe a las jornadas electorales propiamente dichas. Y ya veremos. Porque no está nada claro que se vaya a producir un cambio en el equilibrio de bloques. Y menos aún una disrupción en el statu quo que dé paso a un verdadero periodo de reflexión y reformas.

Es evidente que el problema de Cataluña no es un problema menor; muy al contrario, es el más grave y urgente al que nos enfrentamos. Y el primer paso para afrontarlo era, sin duda, la aplicación de la ley, algo que, lamentablemente, no ha sido la costumbre durante décadas, más bien al contrario.

Pero los tribunales no pueden ser de manera indefinida la única salvaguardia efectiva de una constitución en sus horas más negras, hace falta además inteligencia y una voluntad política que disponga de una mayoría suficiente a largo plazo. Esta mayoría solo puede lograrse de dos formas: mediante el acuerdo entre los agentes políticos o mediante la consecución a través de las urnas de mayorías absolutas. Y ambas posibilidades parecen complicadas, por no decir imposibles.

Es cierto que anticipar el resultado de las elecciones del 28 de abril resulta muy aventurado. Pero no lo es tanto, lamentablemente, adelantar que, una vez más, y aún a pesar del “fenómeno Vox”, la creencia de que el futuro se resuelve en las urnas se demostrará equivocada.

Los problemas de España solo pueden afrontarse si la política y la realidad son compatibles. No si habitan en universos paralelos. Y para eso hacen falta políticos que digan verdades, pero sobre todo hacen falta electores dispuestos a escucharlas… y a comprarlas con sus votos.

Lamentablemente, la verdad suele ser aquello que nadie quiere oír. Y la primera de esas verdades es que este Estado, lejos de servir al ciudadano, es un instrumento de poder extraordinariamente codiciado por los partidos. Un ente que persigue sus propios fines. Sus administraciones son oasis donde guarecerse de las inclemencias de ese mundo extramuros expoliado e incierto.

Cada vez más personas se constituyen en colectivos, en grupos de interés que miran hacia el Estado, y no hacia el exterior, porque lo ven como la encarnación del poder, de la salvación, de la subsistencia.

Por eso vivimos instalados en una campaña electoral permanente, inacabable, donde todos pelean a cara de perro por su porción de la tarta.

Por eso, en España, incluso las huelgas las convocan las instituciones públicas, y no los trabajadores, como la huelga feminista del 8 de marzo, que sirve para distraer al individuo con un supuesto techo de cristal que afectaría solo a las mujeres, para que no vea ese otro techo de cristal, el real, que afecta a hombres y mujeres.

Por eso, en España, todas las pobrezas, incluso la pobreza infantil, sirven para crear chiringuitos y adjudicar discrecionalmente, sin ningún rubor, sueldos públicos escandalosos a los partidarios, porque la “justicia social” es un gran enchufe, una toma de corriente a la que uno puede conectarse si coopera con la propaganda oficial y repite consignas como si fuera un papagayo.

Por eso, en España, padecemos la estafa de la “guerra cultural”, con la que se pretende hacer creer que basta cambiar el lenguaje para cambiar la realidad, cuando las palabras solo son signos convencionales para identificar objetos o hechos, y son estos últimos los que cuentan.

Y por eso, en España, la “sociedad civil”, que debería controlar el Leviatán, se reduce a un selecto grupo de periodistas de partido.

En definitiva, un circo a la medida de esa sociedad al que le sigue faltando la media guantada que la Gran recesión no pudo darle.

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